Vida, obra y milagros de un calígrafo italiano del siglo XXI

 

Roberto Giurano era especialmente dotado para la caligrafía pero perdió el interés cuando tenía quince años. A los dieciocho años abandonó su Puglia, en el sur de Italia, viajó al norte a la región del Friul, se enamoró de sus montañas y bosques, y de la camarera que vio en el primer restaurante. Tres meses después se casó con ella en presencia de trece invitados en la iglesia románica de Muris, construida en el siglo X, en una colina que ofrece vistas fantásticas de la provincia de Udine. Ha sido su esposa por dieciocho años, le ha dado dos hijos, y lo alentó a volver a su primer amor: la caligrafía. Y así, hizo, sin pensar por un momento acerca de la presunta inutilidad de todo ello en una era de pantallas, y teclados grandes y chicos. No solamente ello. Se consagró a este proyecto con corazón, mente y considerables recursos. En 2012, fundó el Scriptorium Foroiuliense in San Daniele del Friuli, donde ya han iniciado en las artes de la caligrafía, miniatura y fabricación de papel a más de cuatrocientos cincuenta estudiantes de todo el mundo. Su corresponsal lo encontró preparando tinta para documentos oficiales a ser firmados por el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella. Examinamos la deslumbrante obra caligráfica de estudiantes, hecha con plumas de ganso añejadas por al menos dos años, y vimos cuán cruel, y caro, era hacer un libro antes de los caracteres móviles y el papel moderno. Se curtían carneros, preferentemente no nacidos, por cuanto su piel era más suave. Se sacrificaban rebaños enteros para la hechura de un volumen. Los libros podían ser tan caros como los castillos de sus dueños, e implicaban el trabajo de un ejército de miniaturistas y calígrafos empleados en su hechura. En la Edad Media, los calígrafos eran monjes que comenzaban ya a los diez años, para una vida útil que duraba hasta cuando tenían dieciocho años, cuando ya sufrían de problemas de vista o incluso ceguera, que oscurecía la última parte de su vida que expiraba cuando tenían alrededor de treinta años. Hasta los 1700s, incluso los mejores calígrafos eran magníficos copistas que eran analfabetos. La capacidad de leer era desalentada para todos menos las elites, y sobre todo para los calígrafos que copiaban tratados y documentos secretos que se suponía no entendieran. Los errores de copiado en las sagradas escrituras eran tachadas con tinta de oro, por cuanto nada podía ser erróneo o feo en la transcripción del idioma de Dios. La visita continuó en el castillo de Ragogna. En su vieja mazmorra, el Scriptorium prepara sus papeles según la técnica de Fabriano del siglo XIV, disolviendo el algodón en una solución líquida, en un proceso que involucra el filtrado a través de un colador, el prensado, y secado. Los estudiantes del Scriptorium también aprenden el arte de las miniaturas. Contrariamente a aquello que se cree, no es el arte de las ilustraciones pequeñas. “Miniatura” proviene del latín medieval miniare, derivado de minia, un pigmento usado para iluminar manuscritos. Aún puede verse en las tonalidades de rojo o bermellón de sellos de cera vendidos hoy para uso decorativo. Puede ser otra razón aun de porqué el rojo es el color de la pasión. No tiene nada que ver con el utilitarianismo y todo que ver con quiénes somos. La primera pasión de Steve Jobs que lo llevó a fundar Apple era la caligrafía.