De cómo el principio de Cowen salvó vidas de convictos

Uno había robado un conejo, otro había talado un árbol ajeno, y así cientos habían cometido robos menores. ¿Qué les esperaba a esos desesperados si los atrapaban en su Gran Bretaña del siglo XVIII? Morir ahorcados, siguiendo la tradición nacional. Tradición nacional que había sido extranjera, ya que el ahorcamiento fue introducido por unos inmigrantes ilegales – anglos y sajones – en el siglo V.

Diez mil hombres y mujeres fueron ahorcados en Gran Bretaña en 165 años hasta 1900. Pero si asesinos y violadores eran ahorcados sin problema, ahorcar ladronzuelos o agitadores políticos era algo cada vez peor visto entre los jueces: en todo el siglo XIX fueron ahorcados la mitad de convictos que en 65 años del siglo XVIII.

Por otra parte, darles techo y comida por algún tiempo y luego liberarlos, era visto como una mala solución, como darles vacaciones para que luego volvieran a las andadas. ¿Cómo resolvieron su problema? Con algo así como “bueno, ya que exportamos té a Boston ¿por qué no exportar convictos?” Una solución considerada doblemente feliz por la falta mano de obra en las colonias.

Cincuenta mil convictos fueron enviados a las colonias en América del Norte. De tal modo que un sexagenario Samuel Johnson decía que los americanos eran “una raza de convictos y deben contentarse con cualquier cosa que les permitamos en vez de colgarlos”.

Hasta que un buen día los colonos americanos tuvieron la revolucionaria idea de no pagar tan caro el té. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? En el gobierno británico habrán dicho algo así como “¿Para qué más sirve el Esfuerzo?”

Ciento sesenta mil convictos fueron enviados a Australia en los ochenta años de 1788 a 1868. Pero en los primeros viajes, hasta la mitad de los convictos eran arrojados por la borda durante el viaje. Los rudos capitanes contratados, que cobraban por prisionero enviado, se justificaban diciendo que, si los prisioneros llegaban enfermos, poco podían hacer ellos para evitar los contagios mortíferos de fiebre tifoidea y viruela.

Pero las condiciones eran infrahumanas. Cierta vez, un marinero dijo: “Que se mueran y se condenen. Los jefes han cobrado el viaje y si entregamos 150 ó 200 de ellos será suficiente; si entregamos algunos y no vamos con las manos vacías”.

Ahora, imagina que esta es una entrevista de trabajo y te preguntan qué hubieras hecho tú. ¿Qué dirías? Te daré una pista. En 1776 Adam Smith escribió: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino de los cuidados que se toman en su propio interés”.

El gobierno británico aplicó este principio económico y pasó a contratar por resultados: los transportistas cobrarían por cada convicto que desembarcara en Australia, en lugar de cobrar por cada convicto que embarcara en Gran Bretaña. Esto abrió los ojos de los transportistas a las ventajas de las ciencias de la sanidad y de la higiene, y la mortalidad bajó a 1,5 por ciento.

Warren Buffet dijo: “Podría terminar con el déficit en cinco minutos. Basta que se apruebe una ley que diga que, si el déficit supera el 3 por ciento del PBI, ningún congresista en funciones podrá ser candidato a ser reelecto. Sí, sí, ahora tenemos los incentivos adecuados en el lugar adecuado, ¿verdad?”

Hay 10 grandes ideas económicas que debemos entender, según Tyler Cowen. La número 1 es: los incentivos importan. Recuérdelo cuando alguien le pregunte por qué algunas cosas del sistema no funcionan como deberían.