Skip to content

Una cosa del aviso de Pepsi fue refrescante: schadenfreude

 

 

Gracias a Dios, algunas palabras del alemán, el lenguaje de la filosofía moderna, se han importado a otros idiomas. Por ejemplo, schadenfreude, “placer derivado de la desgracia de otros”.

Vamos a aclarar dos cosas: este corresponsal disfruta bebiendo Pepsi, muchísimo. Lo hace sin ningún sentimiento de remordimiento. Ha sufrido bastante tiempo bajo las contradicciones del discurso público en el mundo libre, a ambos lados del Atlántico, pero especialmente en orilla más nueva. ¿Son las gaseosas buenas o malas para su salud? Malas, sería la respuesta aceptada. Pero luego qué bien que lo hacen sentir a uno con el hielo y para beberse acompañando una hamburguesa, ¿verdad? En efecto. ¿Son los políticos que mienten, mienten y mienten —y que luego niegan que lo hayan hecho en primer lugar— malos o buenos para la democracia? ¡Por supuesto que son malos! Muy malos. Pero luego son elegidos, a veces para el más alto cargo del lugar. El mundo está patas para arriba.

Por lo tanto, su dedicado escritor ha decidido seguir el consejo de Henry Youngman: “Cuando leí sobre los males de beber, dejé de leer”. Y este redactor de Fi ha dejado de escuchar las voces ominosas de la intolerancia medicinal y disfruta de un buen vaso frío de Pepsi o la competencia, con hielo y limón, en un día caluroso o frío, con una pizza o cualquier otra cosa. También disfruta de esas otras bebidas de las que hablaba Youngman. Sin culpa alguna.

La parte de schadenfreude viene con el muy, muy mal anuncio de Pepsi. Tan malo, que parece pensado por un político de la peor estirpe populista. Se trata básicamente de una joven llamada Kendall Jenner, famosa como “estrella de reality”. Lo que se llama reality en la televisión es la falsedad, en realidad. Y esta “estrellas de reality” pertenece a un grupo familiar que su corresponsal preferiría olvidar por varias razones (hablaremos sobre esto en algún otro momento, ojalá que nunca).

En el anuncio, Jenner se enamora de un apuesto violonchelista asiático a primera vista (así es como funcionan las cosas en la “TV de reality”), se quita la peluca, se limpia el lápiz labial y entrega un Pepsi a un policía, mientras que una chica en hijab está tomando su foto. Et voilà, paz y amor para todos.

Eso habría funcionado en los días dorados de la publicidad, de modelos ligeramente vestidas posando en un yate para un anuncio de cigarrillos. Ya no. Por más buena voluntad que se quiera empacar en unos segundos de bailes y saltos, ya no funcionará. Aquí va una serie de razones:

La “generación Pepsi” comenzó en los años sesenta. Esta generación de posguerra ahora está más preocupada por la jubilación, la deuda y otras cosas que vienen con las canas. Realmente no tienen tiempo para esas cosas.

Los efectos de Internet para el pensamiento crítico han sido mixtos. Pero al tiempo que cosas como Twitter han dado ímpetu a gente que preferiríamos olvidar, también han dado voz a todos los ciudadanos comprometidos que se rebelan nuevo contra el tipo de superficialidad que se vendía desde la pantalla de televisión sin oposición durante décadas.

A nivel semiótico, “la acción de Jenner evoca la imagen de un manifestante de la guerra de Vietnam poniendo una flor en el cañón de un arma de un soldado”, escribió Virginia Postrel, de Bloomberg. “Los jóvenes demasiado jóvenes para recordar la administración de Carter, sin embargo, están aceptando que es una crasa imitación de la foto de Ieshia Evans, manifestante de Black Lives Matter, erguida, orgullosa y elegante mientras la policía la arresta”. En la era de Black Lives Matter y las Marches de las Mujeres, esa yuxtaposición era repulsiva.

Y, por último, como señala Postrel, un poco de coherencia también ayudaría. Pepsi quiere desesperadamente promocionarse como una empresa preocupada por su salud, mientras que gana dinero vendiendo gaseosas y bocadillos grasos y salados. Los sitios web de tabacaleras ahora son tan aburridos como leer la etiqueta de los componentes químicos en la parte posterior de un champú o semejan el portal supremo de la salud y del amor celestiales. Por lo menos inténtese un silencio honesto. Este corresponsal sabe que el queso no es bueno para sus niveles de colesterol. Pero prefiere morir antes de renunciar al parmesano (el verdadero, el italiano), por temor a que un día la suprema conspiración de los custodios de la salud lo quite de las estanterías de los supermercados, también.

Subscribe to Blog via Email

Enter your email address to subscribe to this blog and receive notifications of new posts by email.

Futuro Imperfecto

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *