La catástrofe de dos horas de Javier Bardem en su papel de Pablo Escobar

 

Su corresponsal no se atribuye ningún pedigrí en el arte de reseñar películas. A pesar de sus humildes credenciales, Javier Bardem en el papel de Pablo Escobar le recordó la terrible interpretación de El Zorro por su colega y compatriota español Antonio Banderas en 1998. Si uno quiere tener una idea de Escobar y sus guerras —contra sus rivales en el narcotráfico, contra sus propios amigos y el pueblo colombiano— será mejor que mire Narcos en Netflix. Incluso si no puede ver toda la serie, cualquier capítulo de las primeras dos temporadas será muy superior a este desastre de película que dura penosamente más de dos horas.

Al igual que en Banderas (que sorprendentemente obtuvo críticas favorables entonces, quizás ayudado por un elenco que incluyó a Anthony Hopkins: que nunca sale mal), lo primero que destruye los oídos de la audiencia es el lenguaje. Banderas fue tan malo dando voz a El Zorro en inglés como Bardem en el papel de narcotraficante más poderoso de la historia en Loving Pablo. Pero en este último caso es aún peor.

Al menos El Zorro era una creación estadounidense, por lo que el argumento de que un actor español hablara en inglés con un fuerte acento era más defendible que hacerlo para un personaje colombiano en una película ambientada en Medellín, donde interactuaba en su mayoría con sus compatriotas. Pero lo que lo hace aún peor es que a veces puede ser muy difícil entender qué dicen actores con un fuerte acento español y que están tratando de hacerlo pasar por colombiano mientras hablan en inglés. Afortunadamente había subtítulos en italiano para salvar a su corresponsal. Si quiere escuchar inglés con acento colombiano, vaya a Jackson Heights o cualquier otro barrio latino en Queens, Nueva York. En esta película solamente hay una caricatura apenas comprensible de eso.

Fue una concesión que hizo —una muy grande— para obtener financiación para la película y hacerla viable. Incluso si se hace la vista gorda con ello, la actuación acartonada de la mayoría del elenco y un guión terrible empeoran las cosas. Todo parece un acto escolar grande, en la que los actores secundarios parecen estar tratando de complacer a un director particularmente malvado, una vez más —se debe decir— muy incómodos en un lenguaje que no es el suyo y, lo que es más importante, no es el de los personajes que representan. Y Escobar es verdaderamente malo. Todos lo sabíamos, como también sabíamos cómo terminó. Aun así. Las escenas de violencia parecen arbitrariamente horripilantes la mayor parte del tiempo, como si se insertasen para compensar una historia que no se sostiene. Y es una lástima, porque menos personajes en el mundo podrían ofrecer más elementos para un drama poderoso que Escobar y la violencia que desató a su alrededor.

Tómese el guión. Las líneas malas son demasiadas para enumerarlas todas. Una muestra de dos: Penélope Cruz, en el papel de Virginia, una periodista y amante de Escobar, dice que es “mejor llorar en un jet privado que en el autobús”, parafraseando torpemente una frase atribuida a Marilyn Monroe sobre el llanto en el asiento trasero de un Cadillac. Incluso si se toma de la vida real, sólo empeoró un guión pobre, porque la broma apenas genera una risita de lástima.

Ignórese por un momento que Cruz, como Virginia, parece simplemente una mujer demasiado rápida que tiene un buen trabajo como presentadora de TV. De nuevo, su personaje —basado en la periodista de la vida real Virginia Vallejo— es mucho más matizado y convincente en Narcos. Pero hay una línea memorablemente catastrófica cuando el agente de la DEA le dice a Cruz, que se ve espléndida en todo momento en la película, que sería difícil para ella conseguir otro trabajo en la televisión no sólo por su asociación con Escobar, sino porque su apariencia y las piernas “no son lo que solían ser”. Uno no esperaría que los agentes de la DEA sean buenos jueces de la belleza femenina, pero el espectador ve a Cruz sentada enfrente de él, con su imposible hermosura desplegada a pleno, y uno se pregunta si el hombre ha dejado los anteojos en casa. Por qué una mujer como ella, que podría tener a cualquier hombre a sus pies en cuestión de segundos, querría seducir a un hombre tan aburrido tan desfachatadamente es incomprensible.

Todo es una lástima, en realidad. Pues Bardem en la conferencia de prensa en el Festival de Cine de Venecia habló con persuasión de su intento de interpretar a Pablo Escobar, su fascinación de que el magnetismo de un hombre tan lento y pasivo como este narcotraficante movilizara a los que lo rodeaban a seguirlo y cometer las peores atrocidades para satisfacer su sed de sangre. Y una y otra vez, Bardem dejó muy claro que está el bien y está el mal, y que Escobar era un monstruo. Hizo un apasionado llamado a combatir la fascinación por la vida del crimen, que era una salida falsa de la pobreza, que sólo crea muerte y destrucción, y advirtió que México está ahora siguiendo ese camino como Colombia lo hizo una vez. En respuesta a una pregunta de Verb.Company, dijo que pensaba que Escobar estaba en una búsqueda de respeto, que al final fue autodestructivo, arrastrando con él muchas vidas. Del personaje, agregó, aprendió que “quería estar del lado bueno de las cosas”. Bardem se ha ganado merecidamente respeto por una carrera sobresaliente. Puede ser perdonado por este revés.